De brujas, tripas de gato y tentáculos
De brujas, tripas de gato y tentáculos
Cuando estudiaba la educación
primaria se repetía en los ciclos escolares un contenido que predecía la vida
de los animales humanos: nacer,
crecer, reproducirse y morir. Qué fácil sonaba todo, fácil y al mismo tiempo
ajeno para una niña de ocho años, quién notaba distante aquello de la
reproductividad y más aún esa cosa de la muerte. Cuatro etapas que sonaban muy
limitadas, ásperas, insípidas… porque entonces ¿Dónde se inscribía el deseo? El mundo se dibujaba muy estructurado, lógico,
justificado por la biología que dictaba el destino y, si eso no era suficiente,
también estaba la religión. Acudía a una escuela católica que también ofrecía
amplias explicaciones, todas salidas de la misma fuente “Dios así lo quiso”.
Todo estaba tan finamente armado que se
cerraba en sí mismo. Las esferas orbitaban
bajo el mismo son, había poco espacio para las preguntas y se daban muchas
respuestas. Pero, ¿Qué sucedía cuando la vida nos escupía al exterior, lejos de
aquella ordenanza? cuando salía al parque con mi familia y se acercaba algún
sujeto a pedir dinero me era imposible no preguntarme porqué Dios había hecho
tal diferencia en las condiciones de vida; me llenaba de vértigo la simultaneidad
de las cosas: los gritos de los niños, las burbujas, los globos enormes, la
petición de dinero… era lo otro; lo otro que siempre interpela a la realidad
construida ¿Qué pasa con nuestra subjetividad cuando deja de cerrarse sobre sí
y se abre?, no solo eso, asumiendo que esto último pasara, ¿desde donde lo hace?
La figura del otro no es cómoda.
Si nos descolocamos de la mirada jerárquica y
condescendiente, si nos colocamos en el renglón de nuestra condición
humana, ¿Qué nos dice, sobre nosotros, sobre el mundo y nuestra construcción del
mismo? Aquí cada quién podrá traer a la memoria, como tentáculos de aquel juego
llamado tripas de gato, un momento en el que la diferencia y quizá también las innegables
similitudes, se hayan presentado de frente, moviendo el espesor de nuestras certidumbres,
porque, qué se le va a hacer, de algún modo tenemos que armarnos la existencia.
Pienso también en la bruja, esa
figura del libro Temporada de huracanes,
de Fernanda Melchor; ese personaje que no podía existir sin el pueblo, sin La
Matosa, y pienso en La Matosa que no podía existir con una identidad mutilada,
faltándole aquella mujer que conocía brebajes igual para los empachos que para
los amarres, para el cansancio y el dolor de vientre, esa mujer que escuchaba
los dolores ajenos. Esa mujer interpelaba al pueblo.
Me gusta cómo escribe Fernanda,
su prosa, su decir continuo, sus palabras potentes que atraen a otras más; y es
que en ocasione la vida se escribe así, casi no queda tiempo para la
respiración porque un evento sucede a otro, y en nuestro dibujar el mundo, un
significado da pie a uno más: vamos asociando.
Por suerte, siempre quedan los tentáculos
bien dispuestos, con su inevitable repetición y al mismo tiempo su búsqueda
perpetua. Queda siempre el espacio del deseo, ese que evita que la vida se
obture. No hay recetas para evitar la picazón que nos genera lo otro, no hay una respuesta atinada que
desarme esas cuatro etapas de la vida humana. Quizá solo queda la disposición
para preguntarse constantemente qué es lo que no sabemos de lo que sabemos y el
anhelo de aprender a ver, como dice Lu ciccia: “Aprender a ver ahí donde miramos tantas veces
y siempre vemos lo mismo. Ver, una y otra vez, con imaginación y creatividad,
hasta lograr ver algo diferente.”
Jessica Cortés
@jessicamambo
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