La progresión tiene grietas

 

La progresión tiene grietas


[Foto: personal]


Por alguna razón no conocida -o solo parcialmente- en mi memoria quedó amalgamado el día de mi cumpleaños, lo oculto, la curiosidad y el hambre, como una especie de ovillo con las puntas listas para asirse a otra cosa. Estaba por cumplir ocho y contaba los días que faltaban para llegar al 31 de octubre; aquello se volvió una especie de ritual que se repetía cada año. De él, quedó la emoción que me invade al saber cercana esa fecha, también perduró la memoria que fue construida a la par del cuerpo, el mismo que -como relojito- expulsa un palpitar, que seguramente es el mismo que sentí hace más de dos décadas.

La vida hizo lo propio. Si hoy me preguntaran qué correspondencia - ¿o metáfora? -tejí a través del tiempo para esa madeja, serían: El Ello, las pulsiones, el inconciente. Por alguna otra razón -igualmente desconocida- el ovillo hizo costura a través del Psicoanálisis, que, valga decirlo, es una cosa que irrumpe en muchas dimensiones, una de las más impresionantes es el tiempo. Nos ha enseñado que el tiempo de la psique es otro que no obedece a la lógica, menos a la actual que, como lo describe el filósofo Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio (2012), dicta un constante ritmo de positivización que se convierte en tortura; el cuerpo que era recinto de la memoria, se convierte en una “máquina de rendimiento” que no permite alteraciones y, además, trabaja sobre la consiga de ir “siempre hacia adelante”, dejando como marca la des-memoria, una obediencia absoluta al avance. Funciona, dice el autor, porque la autoexplotación va acompañada de un sentimiento de libertad.

Sin embargo, esta nueva forma disciplinaria se agrieta en tanto somos sujetos sujetados a la cultura, el tiempo no-lógico nos recuerda que en nuestra identidad actual -esa que se presenta en nuestras carteras como credencial de elector y que nos permite “ejercer la democracia”- vive otra; una que se tropieza consigo misma porque hay una parte de la que poco sabe pero que le recuerda que eso que llamamos tiempo, también se cuenta hacia atrás, que devenimos historizados por el mundo en el que nacimos, por cómo fuimos tocados, por las palabras que se quedaron fijadas. Conmueve mucho la ilusión de creernos dueños de nosotrxs mismxs, conmueve pensar que la progresión puede sostenerse, sin embargo, las experiencias de la infancia, las huellas que se quedaron inscritas no se sepultan, arman un lenguaje propio y fallado que es el que nuestro Yo conoce.

Cumplí 33. Mi hermana me regaló un pastel igual al que me hicieron mis papás cuando cumplí 8. Tengo el mismo fleco, que ya no es el mismo. Tengo los mismos ojos, que… ¿ya no miran igual?, tengo la misma hambre de saber que tenía hace 25 años y que hoy sé que en alemán se expresa erkentnlstrieb. Como resto, como apertura, como falta, me quedó el deseo de seguir implicándome en el esfuerzo de organizar restos, ese esfuerzo que algunos llaman Historia.


Jessica Cortés

@jessicamambo

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