DESHABITAR
También pienso en las palabras sequedad,
desierto, despoblado, vacío. Todos somos seres errantes, aunque
permanezcamos en el mismo sitio. Somos, además, terreno que no se habita sino
con los otros, con nuestras relaciones, con nuestros vínculos.
¿Es posible olvidar una voz? Me hago esa pregunta mientras trato de
recordar a qué suenan las personas que quise y ya no están. Y es que a veces
mis ganas de asir la vida son tan enormes que por momentos quisiera ser una
membrana permeable. ¿Será eso un acto de
voracidad?
Tatuajes, fijación, permanencia. Me pasa también con las palabras, a las que desearía absorber;
otra vez la mucosa permeable.
Debo decir que la cantidad de veces que leo un párrafo -el mismo- sobrepasa
el número dos – en ocasiones el tres-. Recorro las letras y quisiera que no se
olvidaran, tener acceso a ellas de manera inmediata, sin angustiarme. Desconozco
el lugar de proveniencia de este último afecto, pero imagino que puede
significar la distancia entre el deseo y la memoria.
Siento entonces que eso se
convirtió en un defecto, secuela, efecto. Ese modus visita otras compuertas de mi vida. Vuelvo, como en el
párrafo, a las personas que quise y ya no están. Existen en la vida, pero ya no
en mi vida. Así como camino las palabras, también camino las particularidades
de nuestras historias; me es imposible no recordar las primeras risas, los primeros
sabores que compartimos, las pláticas y comidas, en fin, todos los rituales que
hacemos e inauguran su entrada al mundo propio. Entonces empezamos a
habitar-nos
Si el encuentro de dos subjetividades -en diversas dimensiones de la vida- no
es producto del azar y nos elegimos desde los lugares menos imaginados, resulta
un reto convertirse en sabueso de lo vivido y tratar de rastrear los nudos que avisen
de uno o varios atolladeros, porque también significaría explorar los sitios de
fijación, donde antes había una huella que después fue reanimada. Lo escribo y
no sé si es un despropósito tal ejercicio, pero como siempre estamos en busca
de sentido o para ser francos, como la necedad también aprendió a instalarse,
queremos -o quiero- responder a la tradicional pregunta sobre el fin dando un
informe de las zonas donde algo se quebró y nunca supimos repararlo, porque tal
vez no se podía.
Además, ¿a quién le ofrendaríamos tal ejercicio?, ¿a la satisfacción obsesiva? Sería una ilusión de todas formas porque a lo largo de nuestra vida, cuando miremos en retrospectiva, nos vamos a contar otra historia y quizá, si corremos con suerte, desde otra mirada. Tocará pues, volver a la errancia, recoger el lenguaje exclusivo que se construyó, la idea de la persona que fuimos, la que pudimos ser pero no quisimos. Tocará desocupar un lugar en la vida de otro, tocará hacer una mudanza y un destierro del espacio que tenía en nosotros. Deshabitar.
Jessica Cortés
@jessicamambo

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